24.11.2009
L'Escale-Pisa-Aix, o como hacerse la vida dura consintiendolo.
Estupidez, inocencia, inconsciencia, ingenuidad... o gusto por la aventura?
Uno de estos calificativos expresará seguramente de manera adecuada mi inclinación a siempre querer jalar dedo hasta el ultimo rincón, hasta el fin del más lejano de mis viajes europeos.
Así fue de Italia: un viaje rumbo a Pisa, Toscana, a visitar a un « viejo » amigo (gracias, Dario!), me llevó a experimentar otra vez las incertidumbres de tal viaje.
Para llegar ahí desde Francia, no era gran cosa: simplemente alcanzar la autopista y no dejarla hasta el final, parando de área de servicio en área de servicio. Y de hecho, recorrí los 516 km que separan L'Escale de Pisa en menos de 9 horas (estimación de Google Maps: 6 horas 30).
Pero para la vuelta, la dificultad justamente era alcanzar tal autopista. Italia no es un país muy acogedor con los autostopistas, y así son también sus carreteras: estrechas, peligrosas, prohibidas.
El autostopista, dicen los Italianos, es ya un gitano, ya un extranjero extraviado; en los dos casos, no es bienvenido.
Aunque me haya enterado de la dificultad de tal empresa, y aunque la haya hasta experimentada (varios fracasos o líos marcaron mi precedentes intentos en este país), decidí atreverme, y cueste lo que cueste, hacer el camino de retorno gracias a la simple materia que son paciencia, cartel, pulgar e inspiración. Paciencia, para aguantar la posiblemente larga espera al borde del camino; cartel, para enseñar mi destinación; pulgar, para expresar el deseo de estar llevado; e inspiración, para convencer a la gente de llevarme (adesso anche en Italiano!).
Así salí de Pisa a las 8 de la mañana, un lunes de noviembre (o sea, en el momento de escribir, ayer). Media hora de camino hasta la entrada de la autopista, que había localizado en un mapa. El clima es templado, el sol me calienta la espalda, el lugar no está tan mal, tengo buena música en los oídos. Todo va bien hasta ahí.
Pero pasan los carros, y ninguno para, salvo tres: uno para llamar por teléfono, uno para dar la vulta, y otro para dejar pasar a una ambulancia. Algunos conductores me sonríen, incómodos de verme ahí(que estarán pensando?), otros me hacen señales incomprensibles, otros hacen como si no me vieran.
Afortunadamente, mi teléfono ya no tiene batería, lo que me impide desesperarme al ver pasar las horas. Solo la sombra del cartel de tráfico que está en mi espalda me señala, al pasar de mi lado derecho a mi lado izquierdo, que bastante tiempo ha pasado, tal vez tres horas; cuando alguien para. Ya no estoy seguro de lo que estoy haciendo, estoy muy confundido con la situación, y primeramente pienso que me va a preguntar la hora, o una dirección. Pero de dirección no tiene niguna idea aquel hombre, pues me dice, al ver mi cartel Genova, La Spezia: « vado a Roma, e la tua direzzione? ».
Genova queda a 166 km al norte, Roma a 384 al sur.
Pero no quiero dar de lado esta oportunidad de en fin dejar Pisa y alcanzar la autopista. Le respondo que sí, y le pediré de dejarme en un area de servicio. Frente a un area de servicio, hay generalmente otra area, accesible por una pasarela o un túnel, que permite al peatón cambiar de dirección en plena autopista.
Pero en Italia, las cosas no son como en otros países, y parece que decidieron dar aún más dificultades a los que se atreverían a querer pasar de un area de servicio a otra.
Como el tipo no entiende mejor porque hago autostop que por donde queda Roma (yo de mi lado me pregunto por qué se ha parado, pero tampoco me voy a quejar), no me deja otra opción que bajar en el area donde ha parado para preguntar la dirección de Roma (ni sabe que por todas partes se va a Roma...)!
Por supuesto, como lo sospechaba al llegar, no hay nada más del otro lado que chacras, casas abandonadas y un ferrocarril (y una rana). Conosco bien las autopistas (aunque aquí, parece que todo puede pasar), y decido salir del area, y seguir el ferrocarril hacia el sur, donde pienso encontrar un area, esperando que sea a menos de 10 km.
Mi meta final se encuentra a 533 km al norte de Pisa, y estoy a 50 km al sur, caminando hacia el sur, en pleno campo toscano.
El sol brilla, el paisaje es lindo, no tengo hambre, ya no pienso llegar a Francia hoy día, pero ya no me importa: estoy bien. Disfruto del viaje. Encuentro a un hombre sentado tranquilamente en su carro, y le pregunto con cortesía, añadiendo que estoy perdido, si me puede llevar unos kilómetros al sur, hasta por lo menos un pueblo, un cruce... algo para sacarme de este malpaso. Pero el hombre tiene cosas que hacer en otra dirección, y vuelve a leer su periódico.
Una hora, dos riachuelos (en uno de los cuales meto un pié), un bosquecito muy denso, varias chacras y unas ortigas después, aparece la salvación: como lo sospechaba, ahí está el area de servicio. Empapado de sudor, me cambio de bajo de la autopista, que aquí consta de una gigante pasarela doble a unos 20 metros en cima del suelo, y entro por el portón trasero del area.
Hay bastante gente, en el grifo o el restaurante, muchos ejecutivos, y la mayoría viajan vacíos. Pero desafortunadamente, todos salen « alla prossima uscita (salida) »... que van a hacer ejecutivos italianos en tan pequeños pueblos? Mientras busco en vano una respuesta a esta tan importante pregunta, un carro francés termina de estacionarse.
Sale una pareja de viejitos, unos 70 años. Les voy a ver, y cortamente para no asustarles (fundamental con esta gente), les explico mi situación. Me dicen que vuelven de vacaciones en Roma, que primero tienen que almorzar, pero que a priori no tienen problemas con llevarme. Me parece que todavía lo quieren conversar tranquilamente, pero para no perder esta oportunidad, decido esperar su salida antes de pedir a cualquier otra persona: si me lleva alguien para 50 km, puedo perderme un viaje de cientos de kilómetros. Me pongo a leer L'Axe du Loup (el eje del lobo), de Sylvain Tesson, explorador y escritor que sigue las huellas de los fugitivos que se escaparon de los gulags que la URSS había construído en Siberia.
Después de unos 45 minutos de lectura (Se toman su tiempo!), salen los viejitos, vienen de frente hacia mí, y sin que yo tenga tiempo de preguntarles cualquier cosa, me sueltan simplemente un « vamos! ».
Subo al carro. Vamos, rumbo a Cannes, a casi 450 km, las tres cuartas partes de mi trayecto.
La continuación fue fácil.
Me dejaron hacia las 5 p.m. en un area de servicio cerca de Cannes, donde me recogió después de unos 10 minutos una anticuaria que regresaba del mercado a casa, y soñaba con dar vueltas al mundo, y que me dejó a su turno en otra area.
En esa area, me fui del grifo al supuesto restaurante, un poco isolado del resto del area. Cuando llegué, todo estaba apagado pero había unas personas. Fui a preguntar a uno de ellos su dirección, al que me contestó que había venido desde el exterior para encontrarse con « un pata ». Cuando me volteé y emprendí el camino hasta el grifo, me di cuenta que todos los hombres presentes estaban dando vueltas, solos, en la oscuridad, uno me miró con insistencia, y pensé que todos estaban esperando a un compañero, pero que tal vez no conocían aún...
En el grifo, viéndome preguntar a la gente a donde iba, un camionero me llamó. Iba hacia Lyon, y me podía dejar en Aix. Es así como pasé la última hora con él, fumando porros, tomando gaseosa, conversando de todos tipos de temas y viendos videos en una pantallita que tenía entre los dos asientos.
8.28 p.m., estoy en Aix. Una vez mas, la perseverancia, la confianza, la paciencia y la calma compensaron. Después de casi 12 horas de viaje para 540 km, alcancé mi meta.
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06.11.2009
Stop Stratégique et Statistiques Stupéfiantes
226. C'est le nombre minimum de conducteurs qui m'ont pris en stop en France depuis que j'ai commencé à faire des statistiques, c'est à dire depuis mars 2006.
Bien sûr, il est arrivé que je n'aie pas la motivation de noter toutes ces informations, ou que je perde la feuille volante sur laquelle je les avais inscrites.
En réalité, ayant commencé à faire du stop à 16 ans, soit presque 4 ans avant de débuter ces statistiques, le chiffre réel serait beaucoup plus élevé, mais il m'est bien sûr impossible de reconstituer ces données!
Tous pays confondus, le chiffre s'élève à plus de 500, dont 59 pour l'Allemagne, 30 pour le Québec, 44 pour la Suisse. Là encore, de nombreux voyages, surtout lors de mes premières sorties de territoire autostopesques, sont passés à la trappe.
En ce qui concerne la France, je pense en tout cas qu'il est temps d'un faire un compte-rendu détaillé.
Car du conducteur de bus en service à la famille nombreuse, de la très jeune fille au vieux retraité de la fonction publique, de la vieille dame raciste au jeune Marocain fumeur de joint et buveur de bière, du promoteur immobilier belge en Bentley au prêtre ministre du Vatican, je crois qu'une frange assez représentative de la population a fait crisser ses roues devant mes pieds, m'a ouvert sa porte, et m'a fait faire un bout de chemin.
Mon petit carnet discrètement glissé au fond de la poche et nonchalamment sorti au moment oppurtun pour y griffonner quelques notes, j'ai tenté depuis lors de ne rien rater de ce qui pouvait m'intéresser dans le profil de tous ces gens.
Sexe, type de voiture, nombre de passagers (jusqu'ici, rien de plus facile), âge (supposé), occupation (pas toujours possible à connaître), condition (arrêté spontanément ou après ma demande), nationalité: tout a été noté, retranscrit, enregistré. Dans la mesure du possible, et bien souvent après coup, ou entre deux voitures, car je n'aimais pas l'idée de révéler à mon conducteur que j'allais noter des informations personnelles sur lui, estimer son âge, critiquer sa voiture...
226 peut paraître peu, mais je considère que c'est à présent suffisamment représentatif pour en faire un compte-rendu statistique, renseignant sur un éventuel prototype du conducteur de stoppeur. Ou en tout cas, de celui qui s'est arrêté pour me prendre, moi, probablement fort différent de celui qui s'arrêterait devant une jeune fille, un vieux clochard ou un couple de bobos quarantenaires.
En tous les cas, je suis seul responsable de cette publication, probablement sans aucune valeur pour un statisticien car trop sujette à variations, et chacun aura bien le droit d'en faire ce qu'il voudra.
En ce qui concerne l'âge, la moyenne est de 41 ans. Une tendance, que je sentais bien réelle depuis le début, vient de m'être confirmée par la réalisation d'un graphique (qui m'a d'ailleurs pris des heures, merci Sophie po): il existe 2 « pics » dans les âges des conducteurs: l'un entre 20 et 30 ans, et l'autre entre 40 et 50 ans. Il serait tentant et intéressant de chercher à expliquer les causes sociologiques de l'existence de ces deux pics: solidarité des jeunes pour les premiers, nostalgie des années 60-70 pour les seconds?
Notions de « débrouille » pour les premiers, confiance et assurance pour les seconds?

Ensuite concernant le niveau social, il est souvent difficile de connaître l'occupation de la personne, mais son niveau social est souvent trahi par la voiture qu'il conduit. C'est pourquoi la moyenne (4,23) ne serait représentative que si l'on la comparait avec celle d'autres pays. Ici, ce serait plutôt un graphique qui serait intéressant. J'ai donc traduit chacun des numéros que je donne aux véhicules par un modèle connu qui y correspond bien. À chacun d'en tirer les conclusions de son choix; quant à moi, je dirais ceci: il me semble que les gens roulant en Audi A4 sont bien souvent des cadres d'entreprise, ou des ingénieurs, ceux qui roulent en Renault Mégane plutôt de simples employés de ces mêmes entreprises, tandis que ceux qui roulent en Ford Fiesta seront des ouvriers ou des étudiants.
On m'accusera peut-être de colporter des clichés, ou de juger sur l'apparence. Pourtant, je ne me fonde que sur mes observations, et, bien sûr, ces données ne m'engagent en rien...

Il faut également différencier le stop seul du stop à deux ou à plusieurs.
Seul, j'ai parcouru 5270 km enregistrés, en 79h, soit à 67 km/h en moyenne.
Google Maps indique une durée de 53h pour la même distance, soit 99,4 km/h. La différence entre la durée des trajets de Google Maps et les miennes est donc de l'ordre de 47%, ce qui signifie qu'il faudrait ajouter en moyenne 47% de temps à la durée “normale” d'un trajet pour obtenir sa durée en stop... en gros: un trajet de 6h se fera en moyenne en 9h. Bien sûr, de nombreuses variables peuvent entrer en compte: région, type de route, heure de la journée...
à 2, j'ai parcouru 2844 km en 62h, soit 46 km/h en moyenne. La différence Google Maps/stop est ici de 82%. Pour un trajet de 6h, il faudra donc en moyenne presque 11h pour le parcourir. Là encore, ces données recouvrent d'importantes disparités, notamment le sexe de la personne qui m'accompagnait...
Enfin, j'ajouterais quelques données d'ordre général:
-Proportion de femmes: 25%
-Occupants de la voiture: 70% des conducteurs étaient seuls dans leur voiture, 15% étaient en couple, et 4% étaient accompagnés d'enfants.
-6% fumaient des joints en conduisant.
-6% étaient étrangers (pas de corrélation avec le chiffre précédent).
Et voilà, j'espère que ce petit aperçu statistique de l'autostop vous aura plu, et qu'il vous donnera envie d'en faire aussi, ou bien d'arrêter votre voiture devant l'un de ses adeptes!
21:56 | Commentaires (3)
03.11.2009
Montréal (Québec)-Norris Point (Terre-Neuve)-Memramcook (Nouveau-Brunswick)-Montréal
Presque un an après, à la demande exprèsse de quelques amis, voilà une version complète et francophone d'un voyage autostopesque réalisé l'année dernière, lorsque j'habitais Montréal. critiques, compliments et commentaires bienvenus!
Cette note s'accompagne de l'album photo nommé "Newfoundland in december".
Décembre 2008, Montréal, Québec.
Début d'un voyage bien singulier.
Ayant obtenu quelques jours de vacances (en fait, presque deux semaines) du bar-restaurant où je travaille comme cuisinier végétarien depuis déjà 3 mois, je décide de prendre du bon temps et d'aller découvrir le pays. Direction: Québec. Bien sûr, je décide de partir « sur le pouce », comme à mon habitude. Comme à mon habitude, je repère à l'avance sur une carte un bon point de départ potentiel, me munit de mon panneau, sur lequel j'écrit au marqueur noir ma destination, Québec; d'une carte du pays, prend mon sac à dos et part.
Bien sûr, quelques modifications ont été nécessaires dans ma préparation: n'oublions pas, nous sommes au Québec, mi-décembre. La neige tombe donc dru ce matin, et la température reste résolument bloquée au-dessous de 0, et ce depuis plusieurs semaines déjà. Double couche de gants, double couche de chaussettes sous mes baskets, double pantalon, tuque (bonnet)...
Le temps n'est pas du genre idéal, et pourtant je suis ramassé assez rapidement. Mon attitude positive, ma confiance en ma bonne étoile, et le large sourire qui barre mon visage (un peu crispé peut-être par le froid), auront peu-être bien joué leur rôle de désamorçage de la méfiance inhérente à ce type de situation.
Les trajets sont courts, mais personne ne me laisse longtemps dehors. Il neige si fort, il fait si froid... je suis équipé et ces conditions climatiques extrêmes ne m'indisposent nullement, m'y étant préparé, mais je fais probablement pitié!
Québec n'est située qu'à 253 km de Montréal. Petit défi, donc. Trop petit, j'aurais dû m'en douter, pour ne pas me pousser à changer mes plans en cours de route.
Et dès le troisième conducteur, le doute s'insinue. Il est de Fredericton, Nouveau Brunswick, et rentre chez lui pour les vacances. Fredericton est située à 816 km de Montréal, pile sur la route de Terre-Neuve, qui m'a toujours fasciné. Terre-Neuve, île immense et sous-peuplée, terre d'extrêmes et de bouts du monde, longtemps insoumise, souvent inhospitalière. Lieu de villégiature idéal, donc, pour mon âme avide d'aventures.
L'opportunité d'avoir un trajet de plus de 700 km ne se présente pas tous les jours. Je n'ai pas réservé d'hôtel à Québec, n'ai que quelques amis à prévenir. J'ai presque 15 jours devant moi. Le doute est réel, l'hésitation courte, la décision rapide. Direction: Fredericton!
Mes plans changent donc complètement (ils étaient restés de toute façon dans un certain vague, nécessaire à l'improvisation), et je me retrouve ce soir-là dans une auberge de jeunesse, à mi-chemin du détroit de Cabot, porte d'entrée de l'île de Terre-Neuve.
Je suis donc très tôt le lendemain « on the road again ». La neige a cessé de tomber, et le ciel est véritablement couleur d'azur, mais il fait un froid terrible, mordant, intense, un froid que je n'ai jamais éprouvé auparavant. Et je suis immobile, à une entrée d'autoroute que presque personne ne fréquente, immobile et transi, seul le bras dépassant de la masse de vêtements qui m'entoure, tenant un panneau: Moncton, dernière ville de la province du Nouveau Brunswick, et limite de la Nouvelle-Écosse, qui est la dernière province à traverser avant Terre-Neuve.
Immobile et transi, pendant plus d''une heure! Quand on a fait de long à très longs trajets en stop, une heure ce n'est pas exceptionnellement long. Mais ce matin-là, l'attente me parut longue comme un cauchemar. Blanc, le cauchemar!
Une fois quitté cette ville immobile et transie, elle aussi, je reprend quelques couleurs, reprend goût à la vie, et la journée peut enfin véritablement commencer. Journée courte s'il en est: il était déjà 11h quand je quittai Fredericton, et en cette saison au Canada, la nuit tombe autour de 16h30. Inutile de préciser qu'il est hors de question de continuer le stop de nuit dans ces conditions. Fou, peut-être, suicidaire, sûrement pas.
Et c'est ainsi que, en sauts de puces, j'avançai paisiblement tout au long de cette belle journée d'hiver. Très paisiblement, trop paisiblement. En stop, j'ai toujours tendance à être pressé (ce qui peut-paraître un comble, mais c'est pourtant vrai). Il y a en effet de multiples manières de gagner du temps en stop: ne pas manger, ne pas boire, ne pas s'asseoir, ne pas pisser... qui sait, si LE conducteur que l'on attendait depuis des heures n'est pas en train de passer alors qu'on a le dos tourné!
Cette fois, le froid aidant peut-être, je repose un peu mon esprit, et commence à prendre mon temps. Les paysages, enneigés et glacés,sont magnifiques, les conducteurs très sympathiques, et ma seule préoccupation est de savoir où passer la prochaine nuit.
Les sites internet tels que Couchsurfing, qui permettent aux voyageurs d'être hébergés gratuitement chez d'autres voyageurs lors de leurs séjours loin de chez eux, sont dans ces circonstances une salvation, et j'ai bien sûr mon (tout neuf et énorme) ordinateur sur moi, et, à la condition de trouver une connexion internet, il me serait donc assez facile de trouver.
Mais tout de même, c'est long... et de plus en plus froid... et de plus en plus sombre... quand Jim me ramassa.
Jim Gould est un homme d'affaires, et retournait ce jour-là à la maison, à Truro (Nouvelle-Écosse), récupérer sa femme et son fils, avant de repartir pour New Glasgow, nord de la province, pour un dîner en famille. Il aurait pu me laisser à Truro... j'aurais aussi bien pu me diriger vers Halifax... mais au bout d'une heure environ de conversation, très agréable et animée (il faisait nuit, déjà), il me dit alors qu'il allait m'emmener chez lui, m'offrir un repas, un peu de repos, puis m'emmener avec lui, sa femme et son fils, jusqu'à New Glasgow, où je pourrais reprendre ma route.
Ce type de situation est toujours délicat: on se retrouve dans une situation de totale dépendance envers la personne. Tout est à notre portée, mais tout dépend de son bon vouloir. Et certains peuvent être d'une générosité gênante! Ou, au contraire, ne même pas nous proposer un petit quelque chose, que l'on convoite depuis un moment mais n'osons le demander: un petit encas, un verre de jus de fruit, un coup de téléphone...
L'excitation, l'exaltation prend pourtant petit à petit le dessus: je partage alors d'intéressantes conversations avec ces gens, dans un anglais que je sens s'améliorer presque à chaque instant. La découverte de l'inconnu, les extrêmes des circonstances, la pratique d'une nouvelle langue... la réussite indubitable de ma totale improvisation: décidément, ce voyage, après moins de 48 heures, s'annonce mouvementé, riche en émotions, improvisations et rencontres. Un pur bonheur.
De chez Jim et sa famille, je peux consulter les horaires des navettes qui font la traversée du Détroit de Cabot, depuis North Sydney (Nouvelle-Écosse) jusqu'à Port-aux-Basques (Terre-Neuve). Le prochain part ce soir à 23h, je peux encore l'attraper, si je parcours en bus depuis New Glasgow les 250 km qu'il reste, bus qui mène directement au port d'embarquement. Le nord de la Nouvelle-Écosse est un petit bout du monde en soi, et le port en est la principale attraction. 250 km, c'est ici considéré comme une petit distance. Il est 17h. Le bus part de New Glasgow à 18h30, et on peut y être pour 18h.
Ils ont tant faire pour moi, je ne peux rien faire pour eux, ou presque. Je prend leur adresse, et promet de leur envoyer une carte postale une fois arrivé à Terre-Neuve, où eux ne sont jamais allés.
Le bus est généralement contre mes principes d'autostoppeur puriste. Pourtant, je ne suis pas stupide. Il fait nuit, il fait froid, je n'ai nulle part où dormir, je suis exténué par deux éprouvantes journées de stop, et j'ai la possibilité d'embarquer pour Terre-neuve ce soir même. Il faut bien que mon argent serve à quelque chose; va pour le bus. Il y a une trentaine d'heures, je quittais Montréal pour aller tranquillement passer quelques jours au chaud à Québec. Mais j'étais maintenant sur le point d'embarquer pour Terre-Neuve, à quelques 1500 km de là! Nous arriverions le matin, et il ne me resterait qu'à retendre le pouce, et atteindre alors un lieu où j'aurais préalablement trouvé un hébérgement.
Il était pourtant écrit que les choses ne pouvaient, ne devaient pas être simples. Et heureusement, serais-je tenté de dire. La simplicité m'ennuie, elle manque de défis à relever, d'objectifs à atteindre, de changements à assumer. J'allais être servi.
Une fois monté dans le bus, je m'endors du sommeil du juste. Cinq heures de sommeil, ce n'est pas de refus. Nous arrivons à la bonne heure à destination, embarquons. Il est 23h. Je m'installe, fais vaguement connaissance avec quelques voyageurs, puis m'endors. Pourtant, le bateau ne bouge pas d'un poil. Entre deux séances de sommeil (j'en aurais besoin, sans le savoir d'ailleurs, pour la suite), je me renseigne autour de moi: personne ne sait ce qui se passe. Tout le monde attend avec impatience le départ. La plupart sont des habitants de l'île (grande comme l'Irlande mais peuplée comme Toulouse) qui vivent sur le continent et retournent dans l'île pour les fêtes.
Nous attendrons quatre heures avant que le bateau s'ébroue enfin dans un bruit et un tremblement qui s'amplifient, semblant monter des profondeurs du port, et amorçant enfin le mouvement tant attendu. Dans six heures, nous débarqueront à Port-aux-Basques, seul port pratiquable en hiver, situé loin de tout, à l'extrême sud-ouest de l'île, et à presque 1000 km de la capitale, St John's, qui regroupe la moitié de la population.
La nuit passe, le jour se lève sur un vent à décorner les boeufs, des vagues à submerger un yacht, des bourrasques de neige à ensevelir un homme sur place. Nous devrions être sur le point d'arriver, mais l'équipage nous délivre enfin quelque information; le temps orageux (on avait remarqué!) nous empêche d'accoster, comme il avait failli nous empêcher de quitter le port.
La matinée passe. La tempête nous empêche toujours d'accoster. La situation commence à être drôle. Les passagers, inquiets mais loin d'être affolés, commencent à errer dans les couloirs, tourner en rond, engagent la conversation avec n'importe qui, racontent n'importe quoi, sortent sur le pont fumer une cigarette; histoire d'oublier que nous sommes coincés depuis 10 heures sur ce bateau. Tout le monde discute avec tout le monde, les gens s'avèrent engageants, bavards, semblent autant chercher à tuer le temps qu'à continuer à faire quelque chose, pour ne pas penser à ce qui est en train de se passer.
Je fais connaissance d'une maman qui voyage avec ses enfants, et finit par m'offrir le repas de midi. Je fais également connaissance d'une Israélienne en voyage d'affaires, et d'un Afro-Américain qui part voir sa copine terreneuvienne. Tous trois passons une bonne partie de la journée ensemble.
Je réalise alors la richesses de ce type de moments, qui rapproche les gens, pousse à la rencontre plus que tout autre situation de voyage. Je ne suis pas pressé, les gens sont sympas, je suis prêt à rester plusieurs jours sur ce bateau!
L'après-midi passe. Cela fait maintenant 20 heures que nous sommes coincés, à tourner en rond, en vue des côtes de l'île sans pouvoir accoster.
La soirée arrive. L'équipage nous offre un repas à chacun en guise de dédommagement. Je m'arrange pour passer deux fois, et choisis la deuxième fois un énorme sandwich (à l'américaine, avec steack, lard, tomates, cornichons, salade, oeufs...), que je range dans mon sac pour le jour suivant. A penny saved is a penny earned!
La soirée se termine, tout le monde commence alors à aller se coucher, épuisés par le stress, l'incertitude, la houle! Je fais de même.
Une voix forte me réveille, une heure, peut-être deux? (j'ai peu à peu perdu la notion du temps) après m'être endormi. Les lumières artificielles en permanence allumées dans les parties communes, l'obscurité permanente de l'extérieur, du ciel couvert de nuages bas, m'ont fait perdre, comme probablement aux autres passagers, mes repères temporels.
Je regarde par la fenêtre, et aperçois alors les lumières du port. Nous allons accoster. Je regarde l'heure: 21h30. Merde. Dans quelques minutes, ils vont nous mettre dehors; je n'ai nulle part où aller, et pas le budget pour me payer une chambre dans l'unique hôtel de Port-aux-Basques. Je dois absolument trouver un voyage vers le nord. Heureusement, la seule route depuis le village va dans cette direction, et une grande partie des passagers motorisés l'emprunteront dès ce soir.
Seulement, si je ne trouve pas quelqu'un tout de suite après le débarquement, je risque fort de me retrouver « en rade », plus un seul véhicule n'empruntant probablement la route jusqu'au matin.
Je dois faire vite. Je rassemble mes affaires, prises au dépourvu et déjà un peu éparpillées comme celles des autres passagers, dis au-revoir à mes compagnons d'une journée, et suis alors les passagers motorisés à l'appel les enjoignant de rejoindre leurs véhicules. Les passagers à pied sont, eux, priés d'attendre.
Je suis dans la place. Dans la cale, tous les conducteurs ont rejoint leurs véhicules, et allumé leurs moteurs. Ils ont fermé leurs fenêtres bien sûr, l'air empli de la fumée de leurs gaz d'échappement étant très âcre et étouffant. Ils ont tous l'air plus chargés les uns que les autres: bagages, enfants, matériel introuvable sur l'île, cadeaux de Noël...
À tout moment, la cale peut s'ouvrir, et les conducteurs se ruer à l'extérieur. Et je suis au milieu, déambulant entre les voitures, tentant d'en trouver une qui ne soit pas pleine, et dont le conducteur ne me regardera pas d'un air inquisiteur, me lançant en pleine figure un cinglant « no! ». Ce n'est pas choses aisée. Je commence à sérieusement flipper, personne n'a de place, ou d'envie de me prendre, ça pue, je suffoque, la cale va s'ouvrir. Je persiste, et rencontre Claudia.
Elle n'a pas l'air d'avoir compris ce que je fais là, et c'est probablement pour ça qu'elle ouvre sa fenêtre quand je lui fais signe, car elle a deux filles en bas âge et une montagne de bagages dans sa voiture. Elle prend un air un peu effrayé quand je lui explique la situation: je cherche alors seulement un moyen de sortir avec les premiers véhicules, afin de me placer sur le bord de la route et faire signe à toutes les voitures suivantes qui sortent du bateau. Et chercher à rejoindre le nord, bien sûr. Malgré mon stress, je dois avoir l'air sympa, et convaincaint (mon anglais s'améliore de jour en jour!), car elle n'hésite pas longtemps, et me fais monter. Je me tasse avec mon énorme sac sur la seule place libre, côté passager.
Les deux petites filles ont l'air intimidées, et je les comprend!
Après un moment, on débarque enfin. Mes bienfaitrices ne restent pas à Port-aux-Basques, et se dirigent directement vers le nord. Claudia pourra me laisser à Corner Brook, où j'ai peut-être une possibilité d'hébergement, grâce au Couchsurfing.
Le père était dans le bateau aussi, mais a débarqué en camion, avec tous les meubles: toute la famille part s'installer à Terre-Neuve! Les deux parents en sont originaires, mais les deux filles n'y ont jamais vécu. Elles y ont séjourné cependant de nombreux fois, et adorent!
Le temps passe très vite, malgré la tempête qui ne s'est pas vraiment calmé. La route traverse la zone la plus venteuse de tout le pays, avec des vents très forts en permanence; la neige continue de tomber et recouvre la route et tous les environ d'un épais voile gris. Le voyage prendra cinq heures au lieu des trois habituelles.
Toutes les trois sont très sympathiques. Les filles ont étudié dans une école bilingues et maîtrisent assez bien le français. La plus grande, onze ans, a d'incroyables capacités linguistiques: elle parle, presque sans accent, un français très riche en expressions idiomatiques, et m'explique avec clarté et conviction les principales différences de l'anglais terreneuvien d'avec l'anglais standart, m'apprend quelques mots d'argot terreneuvien, et me raconte quelques us et coutumes de l'île. Lorsque ma conversation avec sa mère bute sur un mot, elle me propose instantanément une ou plusieurs traductions possibles pour m'aider. Traductrice et linguiste à onze ans: une fille à la carrière prometteuse!
Finalement, nous arrivons à Corner Brook. Il est 2h du matin. Il ne me reste qu'à trouver une connexion Internet et consulter mon courrier, dans lequel je devrais trouver une éventuelle réponse à mes sollicitations d'hébergement sur le site Couchsurfing. À 2h du matin, le seul endroit où je puisse l'obtenir est le motel de la ville, où tous les clients peuvent utiliser un réseau sans fil. Je ne suis pas client, mais j'ai un ordinateur sur moi, ce qui me procure un avantage: je n'ai qu'à demander à la réceptionniste de me permettre de m'asseoir sur un fauteuil de la réception avec mon ordinateur, le temps de faire ce que j'ai à faire. Il est 2h30 du matin, il fait aux alentours de -20 degrés dehors, il neige, je n'ai nulle part où aller. Je suis propre et j'ai l'air correct; elle m'y autorise.
Je n'ai pas de réponse positive pour Corner Brook, mais bien pour Norris Point, dans le parc national de Gros Morne, réputé pour ses paysages, sa faune et sa flore. De ma dizaine de demandes dans la région, c'est la seule positive. Il semble que nombre de voyageurs aient profité de l'arrivée de l'hiver pour aller se réchauffer, dans d'autres régions du Canada, ou au soleil de Californie, de Floride ou du Mexique.
Cette idée m'enthousiasme, et je répond instantanément de manière positive. J'y serais demain. Ce n'est qu'à 125 km d'ici, bien qu'au bout d'une étroite et sinueuse piste de campagne.
Reste un problème: il est presque 3h du matin, et je ne peux ni me permettre de retourner dehors faire du stop (de toute façon, personne ne passe à ces heures), ni de payer une chambre d'hôtel pour y dormir une demi-nuit. Je demande à la réceptionniste si je peux rester jusqu'au matin, simplement assis avec mon ordinateur. Elle accepte; je devrais cependant partir avant 6h, où arrivera le gérant, qui, lui, ne tolèrerait pas ma présence ici.
Cinq heures trente. Le gérant va arriver, je suis gentiment sommé de me retirer; je m'exécute après moult remerciements. Cette dame m'a évité de passer plus de trois heures dehors...
J'effectue ma métamorphose vestimentaire, remettant une double couche de vêtements des pieds à la tête, à part les gants, que j'ai perdus en route! Et je sors braver la neige, le vent et le froid. Il fait encore nuit noire, et pour plusieurs heures.
Le manque de sommeil, de repos, de nourriture, ont sur mon organisme des effets inattendus: mes membres, peut-être tout mon corps, sont saisis d'une certaine fébrilité, au lieu de s'engourdir. Mon esprit, lui, est saisi d'une étrange hystérie, et je me prend à rire de la situation. Je suis ici, au bord d'une route couverte d'une épaisse couche de neige, à tenir un panneau que personne ne peut voir: tout d'abord il n'y a personne, et puis la faible lumière de l'unique lampadaire du carrefour ne suffit qu'à éclairer faiblement ma silhouette.
Je me mets à chanter, à rire, à sautiller, à courir sur la route, à me parler à moi-même.
Après environ une heure trente, et le passage de trois voitures, je décide de marcher le long de la route vers la sortie de la ville, à la fois pour trouver un meilleur lieu de stop pour le moment où le jour se lèvera, et pour avoir une occupation, ne pas rester immobile, après m'être lassé de sautiller et gambader autour de mon carrefour. Je marche une petit demie-heure (les distances sont longues, je me trimballe pas loin de vingt kilos sur le dos, et je fais une pause pour manger mon sandwich), et m'arrête à la sortie.
Il est presque 7h30, c'est à dire après moins de deux heures dans le froid et la neige (ce qui n'est pas si mal vu les conditions), quand un camion transportant un chasse-neige s'arrête. Il va pile dans la bonne direction, et me fera faire plus de la moitié du chemin.
C'est là-haut, dans la chaleur de la rude et odorante cabine du camion, au-dessus de la route, que je découvre peu à peu les paysages enneigés de l'île. Depuis mon arrivée, la veille au soir, je n'avais en effet pas encore eu la chance de voir les paysages de jour. Il s'est arrêté de neiger, et le temps se fait de plus en plus clair, sans que sorte cependant le soleil. Des collines, de calmes vallées, de lointaines montagnes apparaissent, toutes recouvertes du même blanc immaculé. J'apprend qu'hier a eu lieu la première vraie chute de neige, s'entend, chute de plusieurs dizaines de centimètres d'épaisseur, et donc recouvrant durablement tout ce qui se trouve directement sous cet immense ciel; et ce jusqu'à la fin de l'hiver, début mai.
On s'arrête, il m'offre un café. Je me sens vraiment bien. Je suis sur le point d'atteindre mon but, et en seulement trois jours et trois nuits, j'ai vécu tellement d'expériences fantastiques! Les paysages sont fabuleux, les gens simples et accueillants, le temps s'améliore: rien ne pourrait aller mieux en cet instant.
Il est 9h30 quand j'arrive à Norris Point, après trois autres courts voyages. Je passerais trois jours chez les couchsurfeurs, un couple d'hommes quarantenaires, randonnant dans le froid et la tempête, marchant sur la mer gelée, ramassant des cailloux sur la plage, partageant des repas, des conversations et des balades. Ce séjour est pourtant un autre sujet, qui me prendrait encore des pages et des pages de narration.
Après 4 jours sous, sur et dans la neige, la glace et les températures extrêmes, je devais donc déjà envisager le retour. Noël approchait à grands pas, mes bienfaiteurs de logeurs partaient le fêter en famille à l'autre bout de l'île (à 800 km de là); je décollai alors le matin du 23, et je partai une fois de plus confiant: en cette période de fête, les gens voyagent beaucoup, et surtout, ils sont en général en vacances et de bonne humeur.
De fait, le trajet de 338 km séparant Norrris Point de Port-aux-Basques, fut très efficace: 5h23 très exactement depuis ma première rencontre avec la route jusqu'à la descente de la dernière voiture, quand Google Map l'estime à 5h08!
Et, avec 6 véhicules différents empruntés, on peut dire que le temps d'attente moyen n'aura pas été long. Car les péripéties étaient au rendez-vous. Mon deuxième conducteur s'arrêta au bout d'une douzaine de minutes, pour secourir un couple qui avait quitté la route à la sortie d'un virage (car, ne l'oublions pas, une épaisse couche de neige recouvrait toujours la totalité du paysage, route y compris). Pour leur venir en aide, ils décidèrent de faire demi-tour pour les ramener au village, où ils pourraient aller chercher un dépanneur et reprendre la route. Nobles intentions, mais je me retrouvai alors au milieu de nulle part, entre une falaise, une route, un fossé avec une voiture dedans, et un lac gelé, à faire du stop sans gants et avec un sac à dos d'environ 25 kgs: en effet, je repartais avec plusieurs kilos de cailloux ramassés sur les plages (gelées) de Norris Point. C'est évidemment toujours dans ce type de situation que l'indispensable “dieu du stop” se manifeste, ayant pris cette fois-ci la forme de la postière du village, qui part en vacances avec sa petite famille. Elle a vu la voiture dans le fossé, et mon visage lui est familier; elle s'arrête alors, et prend pour la première fois de sa vie (dixit elle-même) un auto-stoppeur.
Elle m'a en effet vu le jour précédent à la Poste du village, où j'étais innocemment allé poster quelques cartes postales, à la famille, à mes colocs et à mes précédents bienfaiteurs de Nouvelle-Écosse.
82 km de route sinueuse et enneigée plus tard, me voilà à Deer Lake, où j'atteins la Trans-Canadienne, autoroute qui parcourt plus de 7000 km à travers le pays, mais qui est ici est réduite à une simple route à double sens limitée à 80 km/h. La fréquentation y est cependant beaucoup plus importante, et je n'ai même pas le temps de sortir mon panneau qu'un couple s'arrête. Ils sont Australiens, lui d'origine chinoise et elle originaire de la région. Ils sont en vacances et vont à Corner Brook faire quelques courses. C'est la première fois de sa vie qu'il voit de la neige et il est en train de conduire dessus; de cocasse, sa conduite devient rapidement inquiétante! Quand nous arrivons, sains et saufs, à Corner Brook, nous nous perdons, mais il faut dire que la ville est très étrangement conçue. J'assiste alors à une dispute suffisamment longue et animée pour me faire culpabiliser de leur avoir demandé de me laisser au carrefour à l'extérieur de la ville. Finalement, nous y arrivons après 20 bonnes minutes de tournage en rond.
J'ai encore à peine le temps d'escalader la montagne de neige qui sert d'accotement pour aller pisser, qu'un énorme pick-up s'arrête. Son conducteur, un éléctricien barbu baraqué et père de famille, a la parfaite apparence du campagnard nord-Américain qui collectionne les pick-ups, les armes et les posters de femmes à poil dans son garage. Mais si j'aime les clichés, c'est bien pour le plaisir de les voir transcendés, et celui-ci en est une parfaite illustration. Il est très doux et attentionné, tient absolument à faire un détour de 30 km pour me laisser à un meilleur endroit qui n'est pas sur sa route, m'offre trois paires de gants, une tuque (bonnet), une combinaison isolante, me montre les photos de l'élan blanc (rarissime) qu'il a vu l'été dernier, et s'arrête pour chercher s'il ne lui reste pas une conserve de viande de l'orignal qu'il a chassé à l'automne pour me l'offrir; à ma grande déception, ce n'est pas le cas.
Il me laisse donc à la sortie de la dernière agglomération avant le terminus. Quelques 5 minutes plus tard, je suis de nouveau dans un pick-up, et l'homme silencieux qui le conduit se rend... au port d'embarquement pour le continent, où il doit récupérer son camion qui a été bloqué la veille par une tempête de neige! Sa conduite est “sportive”, mais il gère bien, et il faut dire que la route est suffisamment peu fréquentée pour se permettre des dépassements de vitesse. Et nous arrivons rapidement à Port-aux-Basques, d'où, dans quelques heures, décollera le bateau à destination du continent.
Le voyage en bateau se passe tranquillement, et nous parcourons en seulement 6 heures les quelques 180 km du détroit de Cabot, au lieu des 20 heures, rappellons-le, du voyage aller...
Pendant le trajet, je profite de ma proximité d'avec un groupe de vieux très sympathiques pour leur demander leur destination; malheureusement, ceux-ci voyagent en bus. C'est alors que, pendant que j'engage la conversation avec une autre personne, un homme s'approche et me dit: “Suchst du zufällig eine Fahrt nach Nova Scotia?” (“est-ce que tu cherches un voyage vers la Nouvelle-Écosse?” en Allemand).
Je lui répond, en Allemand, que oui, et je lui demande qu'est-ce qui lui a fait penser que je parlais cette langue. Lui et son fils m'ont entendu parler Anglais, et ils n'ont pas réussi à se mettre d'accord sur mon origine, son fils me trouvant un accent français, et lui, un accent allemand. Ce n'est d'ailleurs pas la première fois que l'on me dit cela!
Il est Suisse et n'a pas perdu une miette de son accent vaudois, mais vit au Canada, où est né son fils, depuis 20 ans. La mère est Américaine, et ils parlent donc parfaitement Anglais et Français tous les deux. Ils ont un poids-lourd dans la cale du bateau, et se dirigent vers Halifax pour passer Noël, qui est dans moins de 24 heures. Je dois pour ma part me rendre au Nouveau-Brunswick, où je serais accueilli dans une famille de fermiers Acadiens dont le fils a répondu favorablement à ma demande de Couchsurfing, soit plus de 300 km de trajet en commun! Et quel trajet: Dominique est vraiment un personnage original et passionnant, a été syndic (maire) en Suisse à 23 ans avant d'émigrer au Canada, où il a rencontré l'Américaine qui deviendra sa femme. Originellement protestant, il est récemment entré dans un courant religieux mystique et, agnostique, croit en quelque chose qu'il appelle “La Source”. Il se dit également guérisseur, accompagne régulièrement des malades en fin de vie pour les soulager et les accompagner dans leurs derniers instants, et fait partie d'un groupe d'hommes qui se réunissent pour discuter ensemble et sans tabous de leurs problèmes de couples, de sexe, de société.
Pas une minute de silence n'a coupé nos quelques 4 heures de conversation sur la religion, la société, le monde qui nous entoure ou la sexualité... jamais je n'avais eu une conversation aussi profonde avec un de mes “conducteurs”!
Il est 6h du matin à Truro, quand après un bon petit déjeuner que pour une fois je veux payer, ce qu'il refuse, nous nous séparons. Il ne me reste que 145 km jusqu'à destination: je vais être très en avance...
Et en effet, deux conducteurs plus tard (un routier fumeur de joint et un vieil Acadien), me voilà à Memramcook. Ces dernières 24h ont été éprouvantes, et si riches en émotion, que je passe tout l'après-midi à dormir; ce soir, c'est Noël, et je vais le passer “en famille”: je suis invité à un repas chez les Gaudet, famille que je ne saurais qualifier autrement que de “grande”, tant est grand leur accueil, tant est grande leur joie de vivre, d'offrir et de partager. Merci Jérémie, Léon, Phillis et tous les autres! Je n'aurais pu imaginer meilleur réveillon loin de ma propre famille que celui-ci.
Merci les vaches aussi, qui m'ont permis de m'initier à la traite. Merci au temps, qui nous a permis de faire une petite balade le matin jusqu'à la mer, noire et agitée, sous un ciel éblouissant de lumière qui se reflétait sur la neige.
Après une deuxième soirée à Memramcook, et une deuxième nuit, je me dois de quitter, car je travaille au restaurant le surlendemain, et je dois donc être à Montréal, qui se trouve encore à plus de 1000 km, le plus rapidement possible. Et ce n'est pas sans un noeud au ventre que je les quitte, car j'aurais bien passé une semaine en leur compagnie, à les écouter parler en Chiac, mélange de vieux français et d'anglais, à traire les vaches tous les matins et à faire des balades tous les après-midi. Ce sera pour une autre fois...
Ce matin du 26 décembre, je suis de nouveau sur la route, à la sortie de Moncton. La plupart des gens semblent être restés chez eux, et il faut dire qu'un froid vraiment intense (autour de -20°C) dissuaderait quiconque de passer plus de 10 minutes à l'extérieur. J'y passe pourtant près d'une heure, le temps de sentir mes orteils tomber l'un après l'autre dans une léthargie qui m'inquiète un peu, malgré la double couche de chaussettes!
Heureusement, ma destination d'aujourd'hui (Rivière-du-Loup, au Québec) n'est située qu'à 430 km d'ici, je ne suis donc pas très pressé. D'ailleurs, l'homme qui enfin consent à arrêter son char devant mes pieds gelés y passe, car il se dirige vers Ottawa! Je n'aurai plus aujourd'hui à me geler les pieds et le reste, je suis assuré de rester au chaud jusqu'à destination: soulagement d'un côté, légère déception de l'autre: c'est presque trop facile...
Mon bienfaiteur est un anglophone sympathique mais à l'accent bien étrange, et mes difficultés à le comprendre handicaperont malheureusement notre communication tout au long de ce (long) trajet. D'ailleurs, la lutte acharnée que je mène contre le sommeil pendant les dernières heures de trajet se solde par un échec: je m'endors sur mon siège, et quand j'émerge de nouveau, nous sommes presque arrivés à destination...
Encore une nuit à passer, chez un très sympathique jeune homme qui est revenu de vacances à son studio pour pouvoir me loger, et me laisse son lit, insistant pour dormir par terre!
Et me revoilà une dernière fois sur la route, un peu las, peu enclin à retourner à ma vie réglée d'étudiant, même si elle me convient plutôt pour l'instant.
Là n'est de toute façon pas la question, nous en sommes pour l'instant à la route n°20, qui en 460 km me mènera de Rivière-du-Loup jusqu'à Montréal.
Trajet, qui, au contraire du précédent, voit de nombreux changements de conducteurs: sur une distance équivalente, je monte dans 6 voitures différentes, là où je n'en avais fait qu'une seule. Des gens fort sympathiques d'ailleurs, sauf ce vieil homme, qui, au dernier moment et sans prévenir, décide de sortir de l'autoroute à une sortie qui n'apparaît même pas sur ma carte routière. En une demi-heure, une voiture passe (et ne s'arrête pas). Je décide alors, pour ne pas passer le reste de ma journée là, et pour la premiêre fois de ma vie, de faire du stop sur l'autoroute. Le mur de neige qui la borde représente un parfait promontoire pour me faire voir de loin, et le temps est suffisamment mauvais pour que les gens n'aillent pas trop vite, et aient le temps de s'arrêter. C'est un Français qui comprend enfin, après 20 bonnes minutes, que ma destination n'a pas d'importance et qu'il ne sert à rien de scruter mon panneau “Montréal” avant de se rendre compte qu'il est trop tard pour s'arrêter, et que je veux seulement quitter cet endroit pourri!
Ce sera effectivement mon sauveur, car les trois prochains conducteurs ne me laisseront même pas le temps de tendre le pouce, et, coup sur coup, s'arrêterons à la vue de mon gros sac avec moi dessous, pour me lancer un “je peux vous laisser quelque part?” avant de me rapprocher de ma destination, et dans le cas du dernier, de me laisser devant la porte de L'Escalier, le bar-restaurant où je suis devenu cuisinier, où se déroule une bonne partie de ma vie sociale montréalaise, et où je travaillerai le lendemain matin, soit quelques heures après mon arrivée!
Waw! I did it!
11:21 | Commentaires (1)
29.05.2009
Palanda (Deutsch)
Da kommt es endlich!
Na, es wird für mich jedes Mal schwieriger, auf Deutsch zu schreiben, muss ich zulassen! Ich brauche dringend ein « Praktikum » zu machen, um wieder zu üben, und auch, um euch wieder zum Besuch zu kommen!
Ich vermisse euch! Und grade besonders den Dachsberg-2007-Team, da ich hier, in Palanda, Ekuador, Ausgrabungen mache. Viele viele Dinge hier tragen mir Erinnerungen aus diesen so geilen Ausgrabungen, die wir zusammen hatten. Die Bremsen (die ich noch nicht geschändet habe, (da verstehen die, die am Dachsberg waren)); die Sonne, die man warten muss, bis sie verschwindet, um Bilder zu machen; die Hände, die man nie sauber kriegt... und das Schrabbelkeramik.
Vor einer Woche bin ich da, nach einer sehr langen Reise, von Montréal zu Toronto per Anhalter, was ziemlich schwierig war, und zwar, wurde ich bei 9 verschiedenen Fahrer mitgenommen, und es hat etwa 10 Stunden gedauert. In Toronto, nach einer Nacht im Flughafen, musste ich schliesslich noch 2 Tagen warten, wegen Verspätung des Flugs (ich flug ja erst nach Mexiko, und da gab es, sagen sie, eine Art Krankheit, wegen der es keine Flugen mehr zwischen Mexiko und Peru gab... habt ihr davon gehört??)!
Zum Glück hatte ich da ein Paar Freunde, die ich also besuchen konnte, so wie die stadt selbst (was ist eigentlich... eine grosse Stadt Nordamerikas, also nicht was ich am meistens zu besichtigen mag). Dann von Lima aus, hatte ich noch etwa 1000 km nordlich zu reisen (was kann ich tun, Lima war viel billiger als Quito!), eine Wüste, die Anden und ein Paar Flüsse, auf den es manchmal keine Brücken gibt, zu bequeren. Und da ich spät war, konnte ich nicht warten, um einer direkten Fahrt nach Ekuador zu kriegen, sondern musste ich gerade nach dem Ankommen losfahren. Nach Teil der Nacht im Flughafen geschlafen zu haben, wurde ich gegen 5.00 Morgens los, tief in der riesigen und noch endlos wachsenden Stadt... Wenn man von Kanada kommt, wird man ziemlich gewundert, wenn nicht erschrocken, Leute zu sehen, die sich mit Stocken schlagen (das habe ich da ernst gelebt... schrecklich), Kinder, die Süssigkeiten nachts auf den Strassen verkaufen, Busfahrer, die einfach überall schreien, wo sie hinfahren...
Von dort hin brauchte ich noch 6 verschiedene Bussen-, 4 Taxis- und eine LKW-Fahrt, und das heisst, insgesamt 32 Stunden auf dem Weg bevor anzukommen!
Aber es lohnt sich wirklich, so viele Zeit zu verbringen, wenn so tief sind die Farben, der Vegetation, des Himmels, der vielfältigen bunten Schmetterlingen, der Vögeln... wenn so gastfreundlich sind die Leute, so wunderschön ist die Landschaft: tropikalisches Klima im Bergen (das Dorf befindet sich am etwa 1100 meters hoch!), Wasserfälle und Flüsse mit glasklarem Wasser, die sich durch Flußbetten mit glatt polierten Steinen schlängeln. Die Umwelt wie ich sie wirklich mag.
Die Siedlung selbst ist auch ein Wunder: die älteste besiedelte geplante Siedlung Amazoniens und sogar fast Südamerikas ( bis zu 3000 Jahre v. C), modelierte Keramik und zoo- und anthropomorphische Gefässe, elaborierte Ikonographie, die schon einige spätere Tendenzen amazonische und andische Kunst ankündigen, die späteste beweiste Benutzung des Kokablattes...
Ziemlich umfassend, die Siedlung ist, obwohl sie so Alt ist und sie sich in einer so schlechte Umwelt für Erhaltung befindet, in einem guten Erhaltungszustand, mit vielen rundförmigen Haüsern, einen riesigen ebenso rundförmigen zeremoniellen Platz, Gräber mit Opfern aus Turquoise, Stein und Keramik, Befestigungswände ...
Da ist es zum Moment!
Wie gesagt, Internet hier kriegt man sehr selten, ich werde also mehr Neuigkeiten in ein Paar Wochen geben...
17:23 | Commentaires (1)
Palanda (Español)
Ahí está, ahí empiezo la narración de mis primeras excavaciones por Sudamérica...
Cuantos años lo estuve esperando! Y ahora aquí estoy, en Palanda, provincia de Zamora-Chinchipe, extremo sur del Ecuador. Fue largo el viaje de ida: de Montréal a Toronto en autostop, lo que no fue nada fácil: parece que en Ontario no es muy común la cosa, y para 600 km necesité 10 horas, y 9 conductores diferentes... y fue toda una aventura también, con sus encuentros, de los cuales uno con un tipo que me llevó hasta su casa para invitarme a comer y a fumar marijuana... salí de su casa completamente mareado, en Toronto ya, tomé un tren urbano hasta el aeropuerto, donde pasé la noche, para no llegar tarde, ya que el vuelo era a las 09.00 a.m... se suponía.
Pero no que no había previsto, sino solo sospechado, era que algo se tramaba con una nueva enfermedad que estaba de moda, llamada inapropiadamente influenza porcina humana... en efecto, Perú había cancelado todos sus vuelos con México, y ya que tenia que pasar por México, me quedaría atrancado ahí.
Ni modo, ni otro vuelo, tuve que esperar dos días hasta que pueda salir. Menos mal, pude aprovechar para visitar unos amigos en Toronto, y descubrir la ciudad (que en verdad no me gustó mucho... pero así es con las ciudades grandes, muy pocas veces me gustan).
De Toronto hasta México, de México hasta Lima.
De Lima, después de unas horas durmiendo en una banca metálica, agarrado de mis mochilas, partí a las 5 de la mañana, porque tenía un largo viaje por hacer... o sea cerca de 1000 km, y no de muy buena carretera! Lima- Trujillo, Trujillo-Chimbote, Chimbote-Jaén, Jaén-San Ignacio, San Ignacio-Namballe, Namballe-La Balsa, La Balsa-Simansh, Simansh... Palanda!
Un desierto, los Andes, una parte de la Amazonia, y una frontera atravesados, 32 horas de bus, taxi y camión (en total 12 vehículos diferentes), dos horas pasadas ayudando a un chofer de bus y otro de camión a sacar sus vehículos de la cuneta donde se metían en las curvas, porque la pista trocha cocha pésima estaba además vuelta resbalosa por las abundantes lluvias selváticas! Pero en fin, llegué en buena salud, y entero.
Y valía la pena! Medio ambiente ideal: pueblo pequeño, temperatura entre 20 y 30 grados, de noche y de día, paisajes de montañas cubiertas con árboles gigantes, cascadas, ríos y riachuelos por todos lados, mariposas y aves de todos colores y formas... cielo color celeste... menos cuando llueve, lo que ocurre por lo menos una vez al día, y siempre sin avisar!
El sitio es bastante extenso, con numerosas estructuras circulares que fueron probablemente espacios ceremoniales; habitaciones, tumbas con ofrendas de turquesas, conchas, piedras talladas... es uno de los más antiguos sitios ceremoniales de toda Sudamérica. Me dedico ahí ahorita a la excavación de una parcela situada al lado interior de un muro circular de aproximadamente 75 metros de diámetro, para intentar de entender cual era la función de este espacio y conocer mejor el contexto en que lo construyeron. También me dedico a realizar los dibujos técnicos de unas parcelas ya excavadas.
Bueno ya está por ahora! Tengo que dejar por lo difícil que se consigue acceso a Internet, y ahora voy a intentar de poner unas fotos en línea.
Nos vemos. Y que se cuiden bien!
17:21 | Commentaires (1)
Palanda (Français)
Et... voila! La première mouture de ce voyage Peruano-Équatorien, aux confins de leur frontière commune, où m'attend un superbe site archéologique à fouiller...
...mais le début du voyage commence 5 jours plus tôt.
De Montréal plus exactement, d'où je me dirige vers Toronto-aéroport. En stop, ce qui n'est pas une mince affaire en Ontario: 10 heures pour faire 600 km, 9 conducteurs différents, de multiples aventures encore.
Une fois rendu, une nuit passée à l'aéroport pour ne pas rater l'avion qui part très tôt. Après le réveil tombe la première bonne nouvelle: "votre vol a été repoussé de deux jours pour cause de grippe porcine, comment, on ne vous a pas prévenu? "
Pas moyen d'un trouver un autre, malgré les quelques heures passées à négocier, et un passage par les douanes États-uniennes, d'où aurait pu me porter un avion vers ma destination...
Je dus finalement attendre deux jours. Et en profitai pour visiter des amis de Toronto! Et pour découvrir la ville, qui est comme je me l'imaginais: une grande métropole nord-Américaine, avec des gratte-ciels etc.
Je l'avoue, rien de bien excitant pour moi.
Samedi 16 mai, 09.00 du matin: enfin, Toronto-México, México-Lima! Puis une nuit de plus dans un aéroport, à Lima cette fois-ci, sur un banc métallique, accroché à mes bagages, jusqu'à 5h du matin.
05h du matin à Lima, départ pour le terminal illégal de bus qui est à deux pas de l'aéroport... c'est à dire dans un quartier très mal famé... et quand on arrive du Canada, voir des soûlard qui dorment sur le trottoir, des enfants ou des vieillards vendre des bonbons en pleine nuit en pleine rue, des soûlard (encore!) qui se battent à coups de planche et de cailloux, cela étonne, voire effraye!
Et c'est le grand départ, terrestre cette fois-ci, à travers le désert du nord du pays, à travers les Andes, et une partie d'Amazonie, à faire plus de 1000 km de mauvaise à très mauvaise route, en bus, en voiture ou en camion, passer une frontière ouverte depuis quelques années seulement, passer une nuit en partie dans le bus, en partie sur un banc d'une agence de bus, attendant le départ... aider le conducteur à sortir son bus du fossé, où la route ultra-glissante l'a fait tomber! 32h plus tard, et beaucoup de détails, passés pour l'instant à la trappe, plus tard, me voici à Palanda, province de Zamora-Chinchipe, sud de l'Équateur!
L'environnement, comme je l'attendais, est semblable à celui de Tingo Maria: paysage montagneux recouvert d'une épaisse végétation, papillons et autres oiseaux multicolores... ici nous sommes encore plus haut en altitude (1100 m), alors le paysage est encore plus montagneux et il fait un peu moins chaud... mais par contre il pleut tous les jours; la première semaine, sans rire, nous avons dû avoir une demi-douzaine d'heures de soleil! Mais cette semaine est cependant un peu plus ensoleillée.
Sur le chantier nous travaillons en bottes et sous des bâches.
Le chantier: un hectare de structures circulaires entremêlées en pierre, dont une de 50 m de diamètre, des murs de soutènement, quelques tombes à offrandes (turquoise, vaisselle en pierre et en céramique.
Ici a été identifié le plus ancien usage de la feuille de coca de tout le continent (5000 ans avant le présent), et la plus ancienne planification urbaine de l'amazonie. L'iconographie également est annonciatrice de certains courants artistiques observés plus tard en Amazonie et dans les Andes. Bref un site fondamental et vraiment passionnant, même s'il leur a fallu 9 ans pour découvrir tout cela et que je ne reste qu'un mois ici!
Je dois maintenant m’arrêter, Internet est difficile á obtenir, et je vais maintenant essayer de mettre quelques photos. Sinon, ce sera pour dans quelques jours!
Alors à bientôt, prenez soin de vous!
17:19 | Commentaires (3)
Palanda (English)
Well here we go now! I'm indeed finally in Palanda, southern Ecuador (actually for 10 days), for a one month archaeological work. A long trip drove me here, from Montréal to Toronto hitchhiking (what was really difficult, it seemed to me it's not very common to hitchhike in Ontario, what do you mean?). In Toronto was I supposed to take a flight on thursday, but an unexpected affair made me change my plans. A certain disease now known as Swine Flu made the Peruvian Government cancel all the flights with Mexico until the coming saturday... what I learnt whan about to take the unexisting flight, after a night in the airport, in order not to come late! And nothing to do: I finally waited until saturday. I took advantage of it to visit Toronto and also a couple of friends (thanks again to Laura, Pradeep and Mei!), and on saturday, 09.00 a.m. I was in the plane, direction Mexico and then Lima, where I arrived the next night (after other changes, too long to explain).
But from there, I had still in front of me more than 1000 km (a flight to Lima was indeed much cheaper than to Quito).
That means, to spend part of the night in the airport, before to leave as early as possible in the morning, as I was already two days late. I left Lima at 6, from a quite dangerous part of the city, from where leave the “unofficial” buses, as the leave earlier as the official ones. I'm used to the Peruvian environment, but still, arriving from Canada, it amazes a little bit to see drunk people sleeping on the sidewalks, buses and taxis drivers screaming their destination by the window, drunk people (again!) fighting with stocks and stones close to me...
Well, so after 6 different buses, taxis inbetween from a bus terminal to another, a truck and onother bus, after 32 hours traveling, after to cross a desert, the Andes and a part of Amazonia, after to spend two hours helping the truck driver and then the bus driver to take the vehicle off from the “sidehole where goes the water when it's raining” (sorry, no dictionary here!), because it was too slippery to drive rightly!
And on monday, 03.00 p.m.: Palanda! Pretty high mountains (1100 meters!) covered with dense and deep green vegetation, numerous and colorful butterflies, birds and other animals, waterfalls and river of clear water... small and pretty village, quiet and nice people! 26
The archaeological site is also really amazing : it seems to have been a ceremonial place where people lived as well, maybe linked with the type of activity what was to do there. The round and stone-based dwellings were found around a 50-meters large circle, what was probably the ceremonial place, as no traces of all-days activities were found, but only some small buildings with proofs of burning activity. There is still much work to do in this place left.
Another part of the field were the cemetery and a holy place, were several tombs with offerings were found. Turquoise-stone is everywhere, as well as ceramics and carved stones. Presence of ceramics is not surprising, but its datation is: around 5000 years B.P (before present). It's one of the oldest in the whole continent, as well as is the use of the coca leave, and some iconographical trends, what already seem to announce later amazonian and andean trends.
So that's pretty much it! Internet access is really scarce here, so I have to let it now, and I will give more news in two or three weeks. I will now try to put some picture. If I can't, I will do it another day!
See you, and take care everybody!
17:15 | Commentaires (1)
04.02.2009
Montreal (Quebec) to Norris Point (Newfoundland)
The more I write, the longer are my articles... hence it's getting more and more difficult to make it, because I don't always find the time for that (do I actually really try to find it?), and moreover, from quite popular in the beginning, I'm not sure anymore there are people who still read this blog, what is probably my fault, because I have been neglecting it these last months.
Anyway, if it's really the case (what I hope not to), let's not care, because so can I also practice my languages, let a written trace of my travels, for me and for the people who will be maybe interested in the future by what my travels look like!
And indeed, I can say now that my English level increased quiet a lot this last months, although Quebec is not supposed to be a place for that.
English lessons, English speaking roommate and English speaking bibliography forced me to improve what I considered as a secondary language for me until recently.
And my first travel throughout Canada helped me finally to put it in practice. And here we go: a round trip from Montreal (Quebec) to Norris Point (Newfoundland), i.e., 3944 km in total, for a 12-days road trip.
But I shouldn't actually begin like that, since my original goal was tritely Quebec city. So what the hell happened, to make me go so far from it? Well, that is the magic of hitchhiking.
When I left Montreal, on a very snowy Wednesday, the 17th of December, I got picked up pretty fast, by the highway entrance on the southern shore of the St Lawrence in Montreal. Weather was not to call ideal, but I am pretty sure my positive behavior, my self-confidence and the smile I wore helped the people to get a positive feeling on me.
So I managed to spend very little time outside, where it was snowing so heavily that the traffic forecast expected it was going to be one of the worse day of the time to spend on the road. But I had no choice, this was the right time to leave, and I had prepared myself to extreme weather, with double layer of everything I wore, except the boxer shorts.
It began with brief drives, between which I had to wait a few, but it turned out that my third driver was from Fredericton, New Brunswick, and that he was returning home. I was supposed to visit a couple of friends in Quebec city, but I didn't really had the obligation to go right at this time. So, that after a while, I decided that this opportunity to go as far as Fredericton, it would have been wrong to lose it, and I decided to go on further, and cover the 700 km what was left. Of course if my driver agreed. What he did.
So changed my plans completely, and I found myself in Fredericton, where I slept in a youth hostel. The day after, I was on the road again, on a highway entrance, on a so sunny Thursday, but as cold as I had never ever hitchhiked. Moreover was this entrance seemingly not much busy, what caused to me a more than one hour and quite scary wait in the cold. In this kind of moment gets one so much happiness when we get picked up! What of course happened, but I must admit, those was a pretty crap morning for the Fredericton hitchhikers (of whom I was this day fortunately the only representative). Then I hopped literally from a place to another throughout the whole day, what, in December, ends about 4 or 5 p.m.!
Anyways, I wasn't really in a hurry, the snowy and frosty landscapes were gorgeous, and my only preoccupation was to know where I was going to spend the next night. I had fortunately my (huge and heavy) computer with, with what I could look for a couch on the Couchsurfing website as I was going along, provided that I found the opportunity to get an Internet connexion. But it was however going slowly... and getting colder and colder... and finally dark... when Jim picked me up.
Jim Gould is a businessman, and at this day he was returning home, in Truro, Nova Scotia, to pick up his wife and son, and go north to New Glasgow for a family dinner. He could anyway drop me in Truro... but New Glasgow was also on my way to Newfoundland, what, I was convinced, I had to go to visit first of all. And that is after about one hour of conversation that, without I asked him for it, he finally told me he would bring me to his home, where he would offer to me dinner and rest for a while, before we go together to New Glasgow, where he would drop me so that I went on my own way. Waw!
Once “home”, I was presented to the family, I was offered a lunch made by Jim, and they called for me the boat company what dealt with the voyage to Newfoundland from North Sydney, town situated 250 km from New Glasgow, what is not considered as a long distance. Distances seem for Canadians, like those for Peruvians, shorter than those for Europeans!
There was a boat leaving from North Sydney at 11. p.m. We were able to arrive in New Glasgow at 6, and a bus was leaving there at 6.30, a direct shuttle to the boat for Newfoundland. Exceptionally, I decided to take the bus. It was night, I had no place to sleep, and the opportunity to take the boat this same night. After two days of travel, I was about to reach Newfoundland, one of Canada's most interesting places in my opinion!
But about, just about.
Boring is the public transportation, so that I slept all the ride along, i.e., about five hours long. We arrived at the right time in the right place, at North Sydney's port, last stage before to embark for the island. There began the troubles. Boarding went easily, but then we waited 4 more hours before to leave. Finally, we were at sea, and after 6 hours we were supposed to arrive at Port-aux-Basques, Newfoundland's disembark harbor.
Passes the night. They say a storm prevents us to dock.
Passes the morning. The storm still prevents us to dock. The situation begins in my opinion to turn funny. People roam around, begin to talk around, get out to smoke, engage in conversation. People begin to worry, but with humor, get very forthcoming and talkative, probably as well to kill the time as to keep on doing something, avoiding to think about what is happening. I get acquainted with a mother with her children, who finally offers me to lunch, an Israeli girl in a business trip, an American guy visiting his girlfriend... I realize how rich is this kind of situation and, since I am not in a hurry, I really enjoy it and look on the bright side of it!
Passes the afternoon. We now got stuck for 20 hours on the boat.
Begins the evening. The crew offers us now dinner, that I get twice, choosing for the second a huge sandwich that I keep in my backpack for the day after; a penny saved is a penny earned!
Ends the evening, everybody begins to go to sleep, exhausted by the stress caused by about 12 hours of uncertainty. I do the same.
I get awoken by a loud voice. I look at the window, and there are the lights of the harbor, we finally arrived! But in a few dozens of minutes, the all of us will get out of the boat; it's 9 p.m., and and there is no cheap place to stay in Port-aux-Basques, what is a little community. I must find a drive to go on north, where most of the travelers on this boat are certainly going. But nobody around me has a car, or is able to pick me up. The call for the drivers rings out, they are asked to go down to there cars back, because they are going to be the first to get out. I can't lose this opportunity. I say goodbye to my new friends, who don't know what they're gonna do, it's alright, we keep in contact, good luck, babaye!!
I'm in the spot. The car drivers are all in their cars, motors on, windows closed, it stinks, and they are also all full loaded! At any moment, the ship's hold will open, and the cars will drive away, and I am in the middle of this shit, and it begins to be really stressful, because nobody has room, nobody can pick me up. But I persist, going between the cars' lines, and I finally meet Claudia.
Claudia opens the window, but she looks a bit afraid when I explain her very quickly the situation, that I am looking for a ride for at least get out of the ship and hitchhike in front of the other cars, in order to go north, Corner Brook, Deer Lake maybe... She's traveling with her two young daughters, and the father is on the ship too, in a truck with all the furniture, 'cause they are moving to Newfoundland! I probably look nice, or trustworthy, in spite of my stress, because she gets convinced, and I get on.
The two little girls first look pretty intimidated, what I can easily understand! A completely stranger is getting on their car, at night, with a huge and super-heavy backpack, what is kept under their feet!
After a while, we finally drive off. They are not staying in Port-aux-Basques for the night, and drive directly north, what is actually almost the only direction, but what is, above all, my direction too! They'll drop me in Corner brook, 220 km further, where I possibly have an opportunity to stay (Couchsurfing).
The whole family is moving from southern Nova Scotia to the region of St. John's, capital of Newfoundland, where both parents are from, and used to live before they got children. The three of them are really nice people, and the time really flies, although we're caught by a snowstorm, in the most windy region of the whole country, turning the usually 3-hours trip to a 5-hours one.
The two girls used to attend a bilingual school in Nova Scotia, so they also speak French quite well. So we have such a lot a conversations during the drive, about travels, about languages... the oldest daughter, 11 years old, is incredibly cultured, and tells me what are the main differences between formal English and “Newfy” English (for example, the habit to say “me house”, “me dog” for possession), the Newfoundland slang, habits and customs (like the “mummers”, members of the little communities who hide their faces, dress up and dance and sing from house to house in exchange for dinner and drinks in Christmas time). She uses very specific French expressions perfectly correctly, and helps mo to translate some clauses I want to tell her mother. An 11 years old translator and linguist!
Eventually, we arrive in Corner Brook at about 2 a.m. All I've got left, is to find an Internet connexion, and check my e-mails, if I got answers to my Couchsurfing requests for places to stay. At 2 p.m, the only place to do it is a hotel, where all customers can use wireless connexion for free. I'm not a customer, but I've got a computer, we're in the dead of night, and temperature is about -20°C outside, so the receptionist lets me stay in the lounge.
Unfortunately, I've got no positive answer for Corner Brook. It seems, everybody left the region for Christmas time, to visit family or friends in warmer regions of Canada. Some are even in California, Florida or Mexico. The only positive answer is from a gay couple living in Norris Point, right in the middle of the Gros Morne National Park, a gorgeous coastal area, famous for its landscapes, fauna and flora. It's just 125 km further, but of little and sinuous roads. Obviously, I decide to go there.
But for now, it's 3 a.m. It's too late to get a room to sleep, it's too early to hitchhike! I beg the receptionist to stay until 6 a.m., just seating with my computer. She accepts.
6 a. m. The hotel's boss is about to arrive, so I now have to leave. I put my double layer cloth again, except the gloves that I've lost, and I go brave the snow and the cold. Night is still totally dark. Since I'm lacking of sleep, food, rest, I'm turning into a very strange state, quite common when I experience such extreme situations: mood turns into hysterical, mind turns into careless, body turns into insensitive. So I'm just standing by the way with my sign, that nobody can see, first because there is nobody there, and second because there is no light to see it. I sing, I laugh, I jump up and down, I talk to myself!
After half an hour, I decide to walk along the road, to find a brighter place to hitchhike, or maybe to no freeze, or maybe to do something until the day comes, or maybe the three of it. I walk half an hour more, and as I reach the town end, I stop and wait.
It's almost 7.30 a.m., it means, after one hour and a half in the cold snowy night, what is actually not that bad, when a truck transporting a snow truck stops. The driver heads toward the right direction, but without to reach Norris Point. What a luck! It's in the heat, up in the truck's cabin, above the road, that I slowly discover the Newfoundland's landscapes. It stopped snowing, and the sight turns clearer and clearer. Hills and mountains, huge spaces, deeply white trees and rocks as far as the eye can see. We stop for a coffee, “me feet” recover life little by little.
I now really feel good. I'm about to reach my goal, and in only three days and three nights, I already experienced so much! Landscapes are gorgeous, people so friendly, weather getting better: I can't get better.
It's 9.30 when I arrive to Norris Point, after three short drives more. I will spend three days here by a Couchsurfer's gay couple, hiking in the cold, walking on the freezing sea, sharing meals, conversations and walks. That is however not the current topic, and if I would to tell my whole trip, at that rate, I would take me hours more!
So much for it, and let's go for the French speaking return.
And last but not least: if you read this sentence, it means you didn't get bored by this story and you read it off until the end. So please tell me it, leaving a comment, or just directly to me if you've get my directions! I need to know... thanks! Enjoy your travels, don't plan them too much, and share them!
06:04 | Commentaires (5)
Retour a Montréal
Je le sais, mes articles sont de plus en plus long. Dès le début ils m'ont paru trop longs, alors que devrais-je dire du dernier, qui a explosé tous mes précédents records? Qu'en disent ceux qui ont réussi à le lire jusqu'au bout?
En tout cas, le fait est là: j'apprécie de plus en plus d'écrire, j'y passe de plus en plus de temps, et cela n'est pas prêt de s'arrêter, au vu des récents changements envisagés pour le déroulement de ces prochaines années (notamment un tour du monde qui se rapproche à grands pas).
Je dois donc au moins rattraper le retard accumulé dans la rédaction des quelques excursions autostopistes de ces derniers mois, voires années.
C'est pourquoi je dois, avant d'écrire tout autre article sur quelque autre sujet que ce soit, terminer la narration de mon voyage à Terre-Neuve en décembre dernier. Voyage bien singulier: moi qui suis habitué à dormir n'importe où lors de mes voyages (champs, campings, forêts, aires d'autoroutes), me voila ici fort marri, avec de la neige tombant continuellement, et une température qui s'obstine a rester bien en-dessous d'un 0 qui nous semble à nous fatidique, atteignant allègrement des -20, des -25 degrés.
À Terre-Neuve, après 4 jours de balades sous, sur et dans la neige, la glace et les températures extrêmes, je devais déjè envisager le retour. Noël approchait à grands pas, mes bienfaiteurs de logeurs partaient le fêter en famille à l'autre bout de l'île (à 800 km de là); je décollai alors le matin du 23, et je partai confiant: en cette période de fête, les gens voyagent beaucoup, et surtout, ils sont en général en vacances et de bonne humeur.
De fait, le trajet de 338 km séparant Norrris Point de Port-aux-Basques, unique point de départ vers le continent, fut très efficace: 5h23 très exactement depuis ma première rencontre avec la route jusqu'à la descente de la dernière voiture, quand Google Map l'estime à 5h08!
Et, avec 6 véhicules différents empruntés, on peut dire que le temps d'attente moyen n'aura pas été long. Car les péripéties étaient au rendez-vous. Mon deuxième conducteur s'arrêta au bout d'une douzaine de minutes, pour secourir un couple qui avait quitté la route à la sortie d'un virage (car, ne l'oublions pas, une épaisse couche de neige recouvrait alors la totalité du paysage, route y compris). Pour leur venir en aide, ils décidèrent de faire demi-tour pour les ramener au village, où ils pourraient aller chercher un dépanneur et reprendre la route. Nobles intentions, mais je me retrouvai alors au milieu de nulle part, entre une falaise, une route, un fossé avec une voiture dedans, et un lac gelé, à faire du stop sans gants et avec un sac à dos d'environ 30 kgs, dont un ordinateur et plusieurs kilos de cailloux ramassés sur les plages (gelées) de Norris Point. C'est évidemment toujours dans ce type de situation que la divinité que nous autres nommons “dieu du stop” se manifeste, cette fois-ci sous la forme de la postière du village, qui part en vacances avec sa petite famille. Elle a vu la voiture dans le fossé, et mon visage lui est familier; elle s'arrête alors, et prend pour la première fois de sa vie (dixit elle-même) un auto-stoppeur.
Elle m'a en effet vu le jour précédent à la Poste du village, où j'étais innocemment allé poster quelques cartes postales, à la famille, à mes colocs et à mes précédents bienfaiteurs de Nouvelle-Écosse (voir note précédente).
82 km de route sinueuse et enneigée plus tard, me voilà à Deer Lake, où j'atteins la Trans-Canadienne, qui ici est réduite à une simple route à double sens limitée à 80 km/h. Mais la fréquentation y est beaucoup plus importante, et je n'ai même pas le temps de sortir mon panneau qu'un couple s'arrête. Ils sont Australiens, lui d'origine chinoise et elle originaire de la région. Ils sont en vacances et vont à Corner Brook faire quelques courses. C'est la première fois de sa vie qu'il voit de la neige et il est en train de conduire dessus; de cocasse, sa conduite devient rapidement inquiétante! Quand nous arrivons, sains et saufs, à Corner Brook, nous nous perdons, mais il faut dire que la ville est très étrangement conçue. J'assiste alors à une dispute suffisamment longue et animée pour me faire culpabiliser de leur avoir demandé de me laisser au carrefour à l'extérieur de la ville. Finalement, nous y arrivons après 20 bonnes minutes de tournage en rond.
J'ai encore à peine le temps d'escalader la montagne de neige qui sert d'accotement pour aller pisser, qu'un énorme pick-up s'arrête. Son conducteur, un éléctricien barbu baraqué et père de famille, a la parfaite apparence du campagnard nord-Américain qui collectionne les pick-ups, les armes et les posters de femmes à poils dans son garage. Mais si j'aime les clichés, c'est bien pour le plaisir de les voir transcendés, et celui-ci en est une parfaite illustration. Il est très doux et attentionné, tient absolument à faire un détour de 30 km pour me laisser à un meilleur endroit qui n'est pas sur sa route, m'offre trois paires de gants, une tuque (bonnet), une combinaison de survie en kevlar, me montre les photos de l'élan blanc (rarissime) qu'il a vu l'été dernier, et s'arrête pour chercher s'il ne lui reste pas une conserve de viande de l'orignal qu'il a chassé à l'automne pour me l'offrir; à ma grande déception, ce n'est pas le cas.
Il me laisse donc à la sortie de la dernière agglomération avant le terminus. Quelques 5 minutes plus tard, je suis de nouveau dans un pick-up, et l'homme silencieux qui le conduit se rend... au port d'embarquement pour le continent, où il doit récupérer son camion qui a été bloqué la veille par une tempête de neige! Sa conduite est “sportive”, mais il gère bien, et il faut dire que la route est suffisamment peu fréquentée pour se permettre des dépassements de vitesse. Et nous arrivons rapidement à Port-aux-Basques, d'où, dans quelques heures, décollera le bateau à destination du continent.
Le voyage se passe tranquillement, et nous parcourons en seulement 6 heures les quelques 180 km du détroit de Cabot, au lieu des 20 heures, rappellons-le, du voyage aller...
Pendant le trajet, je profite de ma proximité d'avec un groupe de vieux très sympathique pour leur demander leur destination; malheureusement, ceux-ci voyagent en bus. C'est alors que, pendant que j'engage la conversation avec une autre personne, un homme s'approche et me dit: “Suchst du zufällig eine Fahrt nach Nova Scotia?” (“est-ce que tu cherches un voyage vers la Nouvelle-Écosse?” en Allemand).
Je lui répond, en Allemand, que oui, et je lui demande qu'est-ce qui lui a fait penser que je parlais cette langue. Lui et son fils m'ont entendu parler Anglais, et ils n'ont pas réussi à se mettre d'accord sur mon origine, son fils me trouvant un accent français, et lui, un accent allemand. Ce n'est d'ailleurs pas la première fois que l'on me dit cela!
Il est Suisse et n'a pas perdu une miette de son accent vaudois, mais vit au Canada, où est né son fils, depuis 20 ans. La mère est Américaine, et ils parlent donc parfaitement Anglais et Français tous les deux. Ils ont un poids-lourd dans la cale du bateau, et se dirigent vers Halifax pour passer Noël, qui est dans moins de 24 heures. Je dois pour ma part me rendre au Nouveau-Brunswick, où je serai accueilli dans une famille de fermiers Acadiens dont le fils a répondu favorablement à ma demande de Couchsurfing, soit plus de 300 km de trajet en commun! Et quel trajet: Dominique est vraiment un personnage original et passionnant, a été syndic (maire) en Suisse à 23 ans avant d'émigrer au Canada, où il a rencontré l'Américaine qui deviendra sa femme. Originellement protestant, il est récemment entré dans un courant religieux mystique et, agnostique, croit en quelque chose qu'il appelle “La Source”. Il se dit également guérisseur, accompagne régulièrement des malades en fin de vie pour les soulager et les accompagner dans leurs derniers instants, et fait partie d'un groupe d'hommes qui se réunissent pour discuter ensemble et sans tabous de leurs problèmes de couples, de sexe, de société.
Pas une minute de silence n'a coupé nos quelques 4 heures de conversation sur la religion, la société, le monde qui nous entoure ou la sexualité... jamais je n'avais eu une conversation aussi profonde et intime avec un de mes “conducteurs”!
Il est 6h du matin à Truro, quand après un bon petit déjeuner que pour une fois je veux payer, ce qu'il refuse, nous nous séparons. Il ne me reste que 145 km jusqu'à destination: je vais être très en avance...
Et en effet, deux conducteurs plus tard (un routier fumeur de joint et un vieil Acadien), me voilà à Memramcook. Ces dernières 24h ont été éprouvantes, et si riches en émotion, que je passe tout l'après-midi à dormir; ce soir, c'est Noël, et je vais le passer “en famille”: je suis invité à un repas chez les Gaudet, famille que je ne saurais qualifier autrement que de “grande”, tant est grand leur accueil, tant est grande leur joie de vivre, d'offrir et de partager. Merci Jérémie, Léon, Phillis et tous les autres! Je n'aurais pu imaginer meilleur réveillon loin de ma propre famille que celui-ci.
Merci les vaches aussi, qui m'ont laissé les traire l'après-midi suivant, sans me donner de coups de sabots ou de cornes. Merci au temps, qui nous a permis de faire une petite balade le matin jusqu'à la mer, noire et agitée, sous un ciel éblouissant de lumière qui se reflétait sur la neige.
Après une deuxième soirée à Memramcook, et une deuxième nuit, je me dois de quitter, car je travaille au restaurant le surlendemain, et je dois donc être à Montréal, qui se trouve encore à plus de 1000 km, le plus rapidement possible. Et ce n'est pas sans un noeud au ventre que je les quitte, car j'aurais bien passé une semaine en leur compagnie, à les écouter parler en Chiac, mélange de vieux français et d'anglais, à traire les vaches tous les matins et à faire des balades tous les après-midi. Ce sera pour une autre fois...
Ce matin du 26 décembre, je suis de nouveau sur la route, à la sortie de Moncton. La plupart des gens semblent être restés chez eux, et il faut dire qu'un froid vraiment intense (autour de -20°C) dissuaderait quiconque de passer plus de 10 minutes à l'extérieur. J'y passe pourtant près d'une heure, le temps de sentir mes orteils tomber l'un après l'autre dans une léthargie qui m'inquiète un peu, malgré la double couche de chaussettes!
Heureusement, ma destination d'aujourd'hui (Rivière-du-Loup, au Québec) n'est située qu'à 430 km d'ici, je ne suis donc pas très pressé. D'ailleurs, l'homme qui enfin consent à arrêter son char devant mes pieds gelés y passe, car il se dirige vers Ottawa! Je n'aurai plus aujourd'hui à me geler les pieds et le reste, je suis assuré de rester au chaud jusqu'à destination: soulagement d'un côté, légère déception de l'autre: c'est presque trop facile...
Mon bienfaiteur est un anglophone sympathique mais à l'accent bien étrange, et mes difficultés à le comprendre handicaperont malheureusement notre communication tout au long de ce (long) trajet. D'ailleurs, la lutte acharnée que je mène contre le sommeil pendant les dernières heures de trajet se soldent par un échec: je m'endors sur mon siège, et quand j'émerge de nouveau, nous sommes presque arrivés à destination...
Encore une nuit à passer, chez un très sympathique jeune homme qui est revenu de vacances à son studio pour pouvoir me loger, et me laisse son lit, insistant pour dormir pas terre!
Et me revoilà une dernière fois sur la route, un peu las, peu enclin à retourner à ma vie réglée d'étudiant, même si elle me convient plutôt pour l'instant.
Là n'est de toute façon pas la question, nous en sommes pour l'instant à la route n°20, qui en 460 km me mènera de Rivière-du-Loup jusqu'à Montréal.
Trajet, qui, au contraire du précédent, voit de nombreux changements de conducteurs: sur une distance équivalente, je monte dans 6 voitures différentes, là où je n'en avais fait qu'une seule. Des gens fort sympathiques d'ailleurs, sauf ce vieil homme, qui, au dernier moment et sans prévenir, décide de sortir de l'autoroute à une sortie qui n'apparaît même pas sur ma carte routière. En une demi-heure, une voiture passe (et ne s'arrête pas). Je décide alors, pour ne pas passer le reste de ma journée là, et pour la premiêre fois de ma vie, de faire du stop sur l'autoroute. Le mur de neige qui la borde représente un parfait promontoire pour me faire voir de loin, et le temps est suffisamment mauvais pour que les gens n'aillent pas trop vite, et aient le temps de s'arrêter. C'est un Français qui comprend enfin, après 20 bonnes minutes, que ma destination n'a pas d'importance et qu'il ne sert à rien de scruter mon panneau “Montréal” avant de se rendre compte qu'il est trop tard pour s'arrêter, et que je veux seulement quitter cet endroit pourri!
Ce sera effectivement mon sauveur, car les trois prochains conducteurs ne me laisseront même pas le temps de tendre le pouce, et, coup sur coup, s'arrêterons à la vue de mon gros sac avec moi dessous, pour me lancer un “je peux vous laisser quelque part?” avant de me rapprocher de ma destination, et dans le cas du dernier, de me laisser devant la porte de L'Escalier, le bar-restaurant où je suis devenu cuisinier, où se déroule une bonne partie de ma vie sociale montréalaise, et où je travaillerai le lendemain matin, soit quelques heures après mon arrivée!
Waw! I did it!
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